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El sentir y el saber son la eterna separación entre la ciencia y la filosofía. Son las dos puertas que se nos abren: una nos lanza al mundo de lo mensurable y la otra al de lo improbable. En el mundo de lo mensurable se considera como real todo aquello que tiene un efecto, pero, curiosamente, no todo lo que tiene un efecto se puede medir. Menos Dios y la Patria todo lo demás es medible. Lo siento, no es cierto. En un camino en penumbra vislumbramos una serpiente en actitud amenazadora. El miedo nos paraliza, enfocamos nuestra linterna y... lo que vemos es una soga enrollada. ¿Existió la serpiente? ¿Ha sido real? Es el eterno enfrentamiento entre el creer y el saber, el corazón y la razón, el sentir y el pensar. Pienso luego existo. ¿Y cuando siento sin pensar?
Hay cosas que existen sin racionalidad ni método, las que sentimos y nos hacen sentir. Es el contacto con nuestro corazón; es más que imaginación; es intuición, es certeza. Cuando esta certeza se produce por encima de nuestro corazón y sabemos que lo sabemos, estamos empezando a conectar con la Conciencia, no la que está en nuestra cabeza, sino la que está en el aire, en la vida, en la naturaleza. Me refiero a la Conciencia Universal, eterna en el tiempo, la que posee toda la información del Universo, con la que tenemos que entrar en contacto, pues en ella nos movemos y vivimos. ¿Dónde está el punto de encuentro que nos permita unir y encontrar la razón del corazón? ¿Cuál es la puerta que tenemos que abrir para que esta humanidad se encuentre a sí misma y comprenda su universal trascendencia, su hermandad con el medio, su inseparabilidad de lo observado como reafirmación de su propia existencia? |